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Una activista del imaginario colectivo

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Una versión algo más breve del texto que ocupa esta entrada del blog fue leída el pasado miércoles 2 de noviembre en la presentación de Cuentos Noruegos, el último de los títulos publicados por la joven editorial Libros de las Malas Compañías. El acto, al que asistió la editora y narradora Ana Herreros, tuvo lugar en el Club La Provincia, en Las Palmas de Gran Canaria.

El libro reúne las dos colecciones de cuentos maravillosos noruegos recogidos por los folkloristas Asbj∅rnsen y Moe entre 1841 y 1871. La aparición de estas traducciones, realizadas directamente del noruego por María Condor, constituye un hito editorial, al poner por primera vez en manos de lectores, narradores e investigadores una gran fuente de inspiración y conocimiento.

La imagen que encabeza estos párrafos y la que sigue a continuación, constituyen un testimonio del último proyecto en el que se ha embarcado Ana Herreros, la recogida de cuentos saharauis de tradición oral en los campos de refugiados de la provincia argelina de Tinduf. Las ilustraciones que se intercalan en el texto han sido elegidas de entre las más de ciento veinte que aparecen en Cuentos noruegos. Todas formaron parte de las ediciones originales.

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Me senté a conversar por primera vez con Ana Herreros una sobremesa de mayo, hace ya un año y medio, en La Vaquería de Arinaga. Al poco de entrar me pareció que ése era un buen lugar para entrevistar a una persona volcada, por aquel entonces, en el fortalecimiento de los vínculos intergeneracionales. Junto a la escritora y realizadora María Jesús Alvarado estaba llevando a buen término un proyecto que convirtió, durante unos cuantos meses, a unas cuantas decenas de escolares de esta isla en aprendices de filólogos. La tarea que ellos habían asumido consistía en convertir a sus abuelos en informantes y a ellos mismos en transmisores de la memoria oral de sus familias, sus comunidades, sus islas. Los muchachos habían recogido de todo, casi todo lo que les quisieron contar: cuentos maravillosos, novelescos, rimados; y mitos y leyendas; y por supuesto, historias de vida. Dije que La Vaquería de Arinaga me pareció en su momento un buen lugar para que Ana Herreros me hablase de éste y de otros proyectos suyos, porque mientras encendía la grabadora y repasaba rápidamente el cuestionario, me di cuenta de que el local tenía algo de museo de la vida cotidiana. A mi alrededor descubrí algunas vitrinas en las que se apretaban objetos que un día habían servido para hacernos la vida más llevadera, o amena. Junto a los más antiguos: planchas de carbón, cámaras fotográficas, -¿no había una butaca de barbero?-, el dueño había reservado un espacio para otros que dejaron de usarse hace menos, como aquellos teléfonos móviles de primera y segunda generación. Encontrarse con alguno parecido a aquel que tuvimos puede despertar sentimientos de ausencia. Francisco Méndez o Paco, que así se llama el dueño, nos acompañó durante un rato. Me miraba con una chispa de socarronería y esa conciliadora mansedumbre que los locales podemos reconocer.

La conversación duró dos horas y media. Aún conservo la grabación. Al poco de comenzar Ana Herreros se presentó como una persona multiprofesional. Por cierto, como el dueño de La Vaquería. En su caso, las profesiones eran editora, filóloga y narradora (en la oralidad y en la escritura, hasta que la muerte las separe). Y decía la verdad. De las horas pasada en la Biblioteca Nacional han salido libros como los dedicados a las brujas y a los monstruos españoles. Qué didáctico es este último. O qué práctico. Cada monstruo viene presentado con un ficha en la que se indica su nombre, sus características y el aspecto de nosotros mismos que representa. Para que uno sepa a cuál de ellos tiene que ponerle su vela cada noche.

Quiero añadir que Ana Herreros es una activista social, porque practica esas profesiones con la conciencia de estar sirviendo a una causa tan general como el desarrollo humano. Antes que “conciencia” debería usar la palabra ilusión, porque ella parece disfrutar mucho en cada uno de los proyectos con los que se compromete. A veces, su intención es más evidente. Como en el libro El dragón que se comió el sol y otros cuentos de la Baja Casamance, gestado en Senegal junto al ilustrador Daniel Tornero. Pero también hay mucho activismo social en el proyecto de memoria oral mencionado antes. Para darle continuidad y también para dejar en unos cuantos hogares canarios un testimonio del trabajo realizado, editaron Cuentos antiguos de Gran Canaria. Estos dos últimos títulos ya han sido publicados en su propia editorial, Libros de las Malas Compañías. Finalmente, no es desproporcionado decir que una buena parte de los narradores orales o cuenteros son, simplemente por el oficio que practican, activistas sociales. Y que también lo son aquellos pequeños editores que publican libros como los ya mencionados o como el que estamos presentando hoy. Lo son tanto por los contenidos que elijen publicar como por el modo en que dan cada paso que conduce al lanzamiento de un nuevo título. A mi, lo que verdaderemente me ilusiona cuando pienso en ella, es que tenga la posiblidad de alimentar cada una de estas profesiones con los frutos de las otras. Creo, sobre todo, que su experiencia como cuentera le ha valido para dar a las narraciones que publica el ritmo y la sencillez de la oralidad. La sencillez es un valor fundamental en la difusión de los cuentos maravillosos, porque de lo contrario se entorpecería la visión interior de las imágenes que estos presentan, la interiorización de los símbolos y situaciones arquetípicos: la flor que brota donde un hermano fue asesinado a traición; la promesa realizada a un hada gallega junto a un naciente de agua, en los lindes de un bosque; la montaña de duro y frío cristal por la que solo puede ascender ese muchacho noruego que confía en el calor recibido en la infancia…

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También le agradezo a Ana Herreros que haya sabido elegir tan bien a los ilustradores con los que ha trabajado en cada proyecto editorial. Pienso en Jesús Gabán, en ciertas láminas del Libro de brujas españolas; en esas escenas en que ellas están a lo suyo, ajenas al lector, oficiando rituales con rostros y miembros afilados. O en esa otra ilustración en la que una dama alta y esbelta pasa muy seria y concentrada sosteniendo una varita verde. Mientras lo hace, el resto de figuras miran al lector con cierta vanidad, como estrellas sobre la alfombra roja; son seres de fantasía, pero sus expresiones las encontramos todos a diario. Pienso, también, en la portada realizada por Nadia Brito para Cuentos antiguos de Gran Canaria, ese barquito de papel que navega sobre un oceáno cuyas ondas son representadas por los motivos bordados en un calado canario, y sobre el que una nube formada por pasta para sopa derrama algunas letras. Y pienso -“tengo una debilidad…”, cantaba Antonio Machín con su rintintín cubano- en las ilustraciones realizadas por Violeta Lópiz para acompañar los textos que componen ese precioso libro llamado La asombrosa y verdadera historia de un ratón llamado Pérez.

Hace ya un tiempo que conocí esta obra de arte. Tras la primera lectura me emocionaba recordar, sobre todo, la ilustración del ratón astronauta que se asoma al borde de una muela y otea la inmensidad del espacio con los brazos en jarra y aparentemente, sin miedo. Al ver la ilustración pensé en las Soledades de Góngora, en una de sus metáforas amplificativas. Ésa en la que el naúfrago declara que, si las extensas masas de agua van a ser su tumba, entonces, el monumento funerario lo conformarán las montañas circundantes. ¡Vaya manera de mirar el mundo! La narración que acompaña a esta y a otras imágenes es un modelo de ligereza. En primer lugar, Ana Herreros escoge y adapta los conocimientos adquiridos leyendo un extenso estudio antropológico. El tema de ese estudio son los ritos ligados a la pérdida de los dientes de leche y al crecimiento de los dientes definitivos. Luego nos cuenta, como promete, la verdadera historia de este ratón, el nuestro. Y después, la mercantilización de las relaciones entre los descendientes de este ratón y aquellos a quienes sirve. Todo lo presenta con una sutil ironía. El librito acaba con la descripción de los distintos usos que da este roedor a la infinidad de dientes que recoge. El resultado es una obrita de arte que entretiene, aporta conocimientos y, sobre todo, despierta en nosotros una conciencia crítica que nos llega arropada por el calor de la magia simpática que practicaban nuestros antepasados.

Yo no sé si Ana Herreros tiene presente la búsqueda del equilibrio entre lo femenino y lo masculino o si es su instinto el que la guía. Su Libro de monstruos españoles tuvo como pareja al Libro de brujas españolas. La próxima colaboración de Ana Herreros y Violeta Lópiz, que ya se va gestando, nos trae a la pareja del ratón Pérez -al menos la pareja gramatical-, una rata. Es la que nunca fue presumida; no, sino que elegió mal, porque así nos la va a presentar Ana Herreros, despojada de las manipulaciones ideológicas que durante décadas convirtieron a esta roedora en un modelo de vanidad femenina. Hace dos años, Libros de las Malas Compañías se lanzó al mercado editorial con una versión ilustrada de “La mujer esqueleto”, un antiguo cuento de tradición inuit. La muchacha que lo protagoniza también representa a esas mujeres que no saben elegir a sus compañeros.

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La última apuesta de esta editorial ha salido de la imprenta hace sólo unos cuantos días. Representa un salto mortal. No sé si el salto es doble, triple o simple; no tengo el haber y el debe de la editorial en mi mano. Pero sé que publicar un libro como el que hoy presentamos supone una apuesta arriesgada para Libros de las Malas Compañías. Desde su pequeña madriguera madrileña, el pequeño equipo que compone la editorial ha lanzado al mundo la primera traducción completa al español de las dos colecciones de cuentos maravillosos noruegos recogidos por los folkloristas Asbj∅rnsen y Moe entre 1841 y 1871. Vaya apuesta: 110 cuentos, casi quinientas páginas. Todos los cuentos han sido traducidos directamente del noruego por María Condor y vienen acompañados por 120 ilustraciones, las que fueron creadas por encargo, para las ediciones originales, por varios pintores escandinavos. Este otoño han puesto en nuestras manos la materia literaria de Noruega, nada menos que eso. No está de más recordar, en un país donde comparativamente se traduce poca literatura, que hasta la fecha, quienes lean en inglés sólo podrán disfrutar de una selección de las narraciones recogidas por estos dos amigos. Además, en Noruega hace ya tiempo que se descatalogaron las ediciones completas.

Desde la portada, el imponente oso blanco que lleva sobre sus lomos a una princesa en estado de ensoñación nos invita a adentrarnos en el bosque del imaginario colectivo. La editora ha escogido un cuadro pintado por Theodor Kittelsen, autor de una buena parte de los dibujos que encontraremos en el interior de libro. La blanca criatura avanza sobre una gruesa y elástica capa de musgo. Ambos podrían estar saliendo de un bosque de coníferas o entrando en un claro. Pero también podrían estar circundados por los delgados, esbeltos y plateados troncos de los abedules. El herbólogo vizcaíno Gabriel Vázquez Molina explica en su libro Los árboles sanadores que el abedul es “ese árbol habituado a vivir en la más extrema soledad con tal de ser acariciado por su gran amante, el Sol”. Y añade: “en su corteza blanco-lechosa se esconde el secreto, en forma de aceites y otros elixires, que le confieren su tremenda resistencia al frío y a los abrazos del viento”. En el artículo que le dedica, finalmente lo describe así: “el abedul es un excelente colonizador de terrenos pobres, húmedos o cenagosos, incendiados o fríos”. ¿No les parece que el abedul puede compararse a los cuentos maravillosos o a quienes los transmiten, difunden y actualizan? El cuento maravilloso es la avanzadilla, el mejor remedio para fertilizar las conciencias, la imaginación y los corazones de quienes han sido empobrecidos y embotados por la sobreabundancia de informaciones, de estímulos visuales. Su potencial curativo no disminuye al aumentar la edad del paciente.

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Les invito a comprar este libro – o sacarlo en préstamo de la biblioteca local- y dejarlo sobre la mesa de noche. Es mejor irse a dormir después de leer un cuento protagonizado por un muchacho y un troll, que después de ver un capítulo de una serie sobre zombies. Se los aseguro; los trolls están más vivos. Les invito a leer uno de estos cuentos cada día y detenerse a visualizar interiormente su escena favorita. Yo me quedo con la visión de esa Caperucita desgreñada que recorre las estancias de palacio espantando a los cortesanos, montada en su cabra y blandiendo un cucharón. Es tan liberadora. El desenlace del cuento protagonizado por esta muchacha y su bella hermana gemela nos lleva a uno de los recogidos por Antonio Almodóvar en Cuentos al amor de la lumbre, “La princesa mona”. Los aficionados a escuchar o leer cuentos tradicionales sumarán, al disfrute que espera a todo lector que se acerque sin prejuicios y buena fe a estas narraciones, el gusto de reconocer semejanzas. Encontrarán paralelismos notorios entre los cuentos noruegos y los recogidos en otras antologías nacionales. Pongo otro ejemplo. “La doncella en la montaña de cristal” nos lleva a pensar en “La reina de las abejas”, recogido por los hermanos Grimm. En ambos casos estamos ante un cuento maravilloso en el que los tres hermanos protagonistas nos son presentados en un hogar donde falta la madre. Los tres competirán entre ellos para superar la prueba que les permita entrar en la vida adulta del mejor modo posible, esto es, casándose con una princesa. Solo superará la prueba de madurez aquél de los tres hermanos que mantiene vivas ciertas cualidades femeninas; y hablo de género, no de sexos. En ambas narraciones, el futuro yerno del rey va a ser el hermano más pequeño, al que todos consideran un inútil. Pero es éste, sin embargo, el que se mantendrá en calma cuando se vea envuelto en una realidad sobrenatural. Ambos personajes son impulsados hacia adelante, a resistir con honestidad, porque tienen una confianza instintiva en que el mundo les acabará por proporcionar lo que necesitan. Nunca ceden al deseo de revancha y saben esperar a que llegue el momento propicio para brillar. En los cuentos noruegos, este personaje se llama “Ceniciento”, porque vive siempre alrededor del fuego del hogar, como La Cenicienta. Ambos sufren el desprecio de hermanos o hermanastros y ambos revelan, con su nombre y sus hábitos, que en su interior permanece latente, como un rescoldo del hogar, el calor recibido por la madre ausente.

Sé que otros días necesitaré otras imágenes, otros cuentos. Otros días preferiré la escena en la que un niño afectuoso y glotón llamado Bolita de mantequilla decapita sin reparos a la hija de una ogresa y después hace con el resto de su cuerpo un estofado que sirve a mamá ogro y a sus amigos. Da el cambiazo para salvar su propia vida. Claro, no podía ser de otro modo, porque algunos cuentos, bien contados, pueden salvar vidas.